Renovación Carismática Católica en el Espíritu
Header image

Santo Tomás de Aquino

Por en Enseñanzas, Escritas publicado el 28 enero, 2019

Santo Tomás de Aquino

Hace poco presentamos la figura del gran Alberto Magno que con el franciscano Roger Bacon fueron los pioneros que abrieron la ciencia al experimento y por lo tanto al progreso. Hoy queremos presentaros la figura del gran discípulo de Alberto, Santo Tomás de Aquino, cuya fiesta celebra la Iglesia dentro de unos días, el 28 de Enero.

Santo Tomás de Aquino vivió entre los años 1225 y 1274. Cuarenta y nueve años de una plenitud inimaginable. Según los cómputos que hoy se aplican a la vida de un intelectual se puede decir que murió al inicio de su carrera. De ahí en adelante es cuando una persona alcanza la verdadera madurez y productividad. Sin embargo, él llenó ese breve espacio de tiempo con una medida colmada. Su obra le ha granjeado los títulos de Doctor Angélico, Doctor Común y Doctor universal y el patronazgo de la educación católica.

Sus padres pertenecían a la nobleza. El padre, Landolfo de Aquino, era el Señor de Rocaseca y gran canciller del emperador Federico II Barbarroja. Su madre, Teodora de Teate, fue hija de los condes de Chieti. Desde niño fue confiado a los benedictinos del monasterio de Montecasino para su educación primaria. Nueve años estuvo en el famoso cenobio, cuna del monacato occidental, fundado siglos antes por San Benito de Nursia. Consta que allí le preocupaba ya el interrogante que le persiguió toda la vida: “¿Quién es Dios?”. El niño, Tomasino, inquiría con frecuencia a los monjes sobre dicha cuestión que le quemaba el alma. A los catorce años, comenzó la filosofía en la Universidad de Nápoles. Según los antiguos biógrafos, grababa en su memoria todo lo que escuchaba y podía repetir a los demás, con más claridad que el profesor, todo lo que le había oído en clase.

Varios dominicos regentaban cátedras de teología en la misma universidad y pronto fue atraído por aquellos “monjes” que dedicaban su vida al estudio. Este hecho era tan novedoso que a la sociedad de aquel entonces le costaba encajarlo. Para Tomás, sin embargo, fue el gran aliciente, tanto que a los 18 años pidió el hábito. Asesorado por el P. Juan de San Julián, ingresó en el noviciado de San Domenico Maggiore, comenzando con ello una etapa de graves dificultades. Era el año 1244.

En efecto, en la familia cayó como una bomba la noticia. El proyecto de sus deudos pasaba por hacerlo abad, arzobispo y cardenal, como era lo normal entre la nobleza. La Orden de los dominicos, recién fundada, no daba acceso al poder ni al dinero. Por eso, hicieron todo lo posible para impedir que prosperara su opción dominicana. La madre fue la que peor lo llevó: ¿Cómo iba a soportar ver a su hijo pidiendo por las casas, vivir de la mendicancia y alistarse en un grupo de pordioseros? Los frailes le trasladaron pronto a Roma, pero tampoco estaba seguro ahí. El propio  maestro de la Orden Juan el Teutónico le acompañó a Bolonia, un poco más lejos de su tierra. Sus hermanos militares, sin embargo, le siguieron la pista y lograron secuestrarlo en este viaje. No le pudieron quitar el hábito aunque se lo desgarraron. Era un mocetón cercano a los dos metros y de gran envergadura. Le llevaron al castillo de Rocaseca, propiedad de su madre para que recapacitase.

Un año pasó encerrado en el castillo. Como no podían apartarle de su decisión idearon una estratagema que, dada su soledad y aislamiento, podía obtener resultados. Introdujeron en su aposento una bella napolitana para que conviviera con él pero Tomás la despidió a tizonazos. Su hermana mayor Marotta, que le quería mucho, era la que más conversaba con él tratando de disuadirlo de una vocación tan menesterosa. La pugna entre los dos se decidió entrando ella en las benedictinas, donde fue abadesa por largos años.

Después de esto su madre se dio casi por vencida. De hecho permitió que su amigo, el dominico Juan de San Julián le visitase en el castillo y le suministrase ropa de religioso y libros, entre ellos la Biblia y las Sentencias de Pedro Lombardo. Se los aprendió de memoria con lo que no necesitó en adelante trasladarlos en sus viajes. La condesa Teodora, una madre que, pese a todo, le adoraba, se fue haciendo la distraída permitiendo así que en un cierto momento Tomás se fugara y volviera al noviciado. Esto fue a finales 1245 con diecinueve años bien cumplidos.

En 1247 los superiores lo enviaron a estudiar a París[1], donde enseñaba Fray Alberto Magno. Un año más tarde Alberto fue destinado a Colonia y se llevó con él a Tomás. Justamente ese año comenzaba a edificarse la catedral de Colonia a la que tantas veces se ha comparado el sillar del tomismo iniciado por Alberto y Tomás. A cada piedra del edificio catedralicio le correspondería un artículo de la gran síntesis del conocimiento tomista. El físico espléndido de Tomás y su taciturnidad extrañaba a los estudiantes alemanes compañeros de estudio.  Como suele suceder, pronto le pusieron un mote: “el buey mudo”. Alberto aprovechó el epíteto para presentar a Tomás ante los compañeros: “Llamáis a este “buey mudo”, pero yo os aseguro que este buey dará tales mugidos con su ciencia que resonarán en el mundo entero”.

Estas palabras de Alberto se pronunciaron a raíz de un círculo o disputa académica. Un estudiante debería estudiar una tesis, exponerla en público y defenderla contra cualquier objeción de la concurrencia. Esta vez le toco hacerlo a Tomás, el siciliano, como le nombraban. Tras la exposición vino la lucha dialéctica. Tomás distinguió términos y conceptos y respondió adecuadamente una y otra vez. Inexpugnable. Hasta el maestro Alberto asumió el papel de adversario y le arguyó repetidas veces con fuerza. Tomás siguió distinguiendo. Sí, pero…, y respondió magistralmente tanto que Alberto se lo hizo notar: “Fray Tomás, no parece usted un estudiante que contesta sino un maestro que define y determina”. Fue entonces cuando Alberto predijo las resonancias mundiales de la ciencia de Tomás.

Terminada la carrera de Teología fue ordenado sacerdote por el arzobispo de Colonia, Conrado de Hochstaden, e inmediatamente  comenzó su profesorado. Los opúsculos sobre El ser y la esencia y Sobre los principios de la naturaleza, son de este tiempo. Fueron éstos, momentos de felicidad para él, encontrándose centrado en su vocación. El mundo, no obstante, seguía con sus maquinaciones. Inocencio IV, a instancias de su madre, le ofreció la abadía de Montecasino. La verdad es que su familia en aquellos momentos pasaba por apuros políticos. Rechazó la abadía y el arzobispado de Nápoles y todas las demás proposiciones para centrarse en su humilde labor de catedrático. París le esperaba y le necesitaba y allí le trasladaron después de enseñar sólo un año en Colonia.

Por sus excelentes dotes intelectuales[2], Tomás fue llamado a París como profesor de teología en la cátedra dominicana. Allí comenzó también su producción literaria, que prosiguió hasta la muerte, y que tiene algo de prodigioso: comentarios a la Sagrada Escritura, porque el profesor de teología era sobre todo intérprete de la Escritura; comentarios a los escritos de Aristóteles; obras sistemáticas influyentes, entre las cuales destaca la Summa Theologiae; tratados y discursos sobre varios temas. Para la composición de sus escritos, cooperaban con él algunos secretarios, entre los cuales el hermano Reginaldo de Piperno, quien lo siguió fielmente y al cual lo unía una fraterna y sincera amistad, caracterizada por una gran familiaridad y confianza. Esta es una característica de los santos: cultivan la amistad, porque es una de las manifestaciones más nobles del corazón humano y tiene en sí algo de divino, como el propio santo Tomás explicó en algunas quaestiones de la Summa Theologiae, donde escribe: «La caridad es la amistad del hombre principalmente con Dios, y con los seres que pertenecen a Dios» (II, q. 23, a.1).

No permaneció mucho tiempo ni establemente en París. En 1259 participó en el capítulo general de los dominicos en Valenciennes, donde fue miembro de una comisión que estableció el programa de estudios en la Orden. De 1261 a 1265 Tomás estuvo en Orvieto. El Romano Pontífice Urbano IV, que lo tenía en gran estima, le encargó la composición de los textos litúrgicos para la fiesta del Corpus Christi, instituida a raíz del milagro eucarístico de Bolsena. Santo Tomás tuvo un alma exquisitamente eucarística. Los bellísimos himnos –Pange lingua, Tantum ergo, Adoro te devote, etc– que la liturgia de la Iglesia canta para celebrar el misterio de la presencia real del Cuerpo y de la Sangre del Señor en la Eucaristía se atribuyen a su fe y a su sabiduría teológica. Desde 1265 hasta 1268 Tomás residió en Roma, donde, probablemente, dirigía un Studium, es decir, una casa de estudios de la Orden, y donde comenzó a escribir su Summa Theologiae.[3]

En 1269 lo llamaron de nuevo a París para un segundo ciclo de enseñanza. Los estudiantes, como se puede comprender, estaban entusiasmados con sus clases. Uno de sus ex alumnos declaró que era tan grande la multitud de estudiantes que seguía los cursos de Tomás, que a duras penas cabían en las aulas; y añadía, con una anotación personal, que «escucharlo era para él una felicidad profunda». No todos aceptaban la interpretación de Aristóteles que daba Tomás, pero incluso sus adversarios en el campo académico, como Godofredo de Fontaines, por ejemplo, admitían que la doctrina de fray Tomás era superior a otras por utilidad y valor, y servía como correctivo a las de todos los demás doctores. Quizá también por apartarlo de los vivos debates de entonces, sus superiores lo enviaron de nuevo a Nápoles, para que estuviera a disposición del rey Carlos I, que quería reorganizar los estudios universitarios.

En París se cernían oscuros nubarrones sobre los dominicos y un poco más tarde también sobre los franciscanos. La llegada de Tomás exasperó los ánimos ya bastante revueltos. Tocco dice que: ”Desde el primer instante superó a todos, incluso a los maestro más célebres y encanecidos en la cátedra, por su nuevo método de enseñar, claro, conciso, profundo, preciso, y por su extraordinaria originalidad, cualidades que le granjearon una simpatía y una admiración sin límites por parte de los estudiantes”.

Ello concitó las iras de los maestros seculares, la mayoría sacerdotes, contra los religiosos, iras que ya se venían incubando desde hacía tiempo. La irrupción de los jóvenes profesores de las nuevas Órdenes mendicantes, bien preparados, con un talante novedoso, y apoyados por una fuerte organización, hizo tambalear la pacífica posesión de las cátedras por los seculares. Sobresalió en esta actitud intrigante y belicosa el maestro Guillermo de Saint-Amour, del clero secular, que se empeñaba en expulsar de la universidad a los religiosos confinándoles en sus conventos. Santo Tomás le respondió magistralmente con varios escritos. Después de grandes discusiones y altercados el Papa falló a favor de los religiosos.

Santo Tomás de Aquino:

Contexto histórico

Como ya dijimos al hablar en noviembre (fiesta el día 15) de San Alberto Magno, en la línea intelectual hubo, al principio de la Orden dominicana (1221) tres generaciones. La primera es la de Santo Domingo de Guzmán  y los que convivieron con él. Ellos fueron los que marcaron la pauta e introdujeron a la Orden en el estudio serio en vistas a la predicación. Ellos, desde el principio, aceptaron el reto universitario, asumieron cátedras e intuyeron la necesidad de una predicación doctrinal salida de largas horas de estudio. Una de las innovaciones más originales de Santo Domingo fue la de la celda individual, imprescindible para poder estudiar e investigar.

La segunda generación fue la de San Alberto que no conoció personalmente a Domingo. En el año 1223, ya muerto el patriarca, Alberto  conoció en Padua al beato Jordán de Sajonia, sucesor de Domingo, que le dio el hábito dominicano. En la mente del santo burgalés Domingo y de su generación, al hablar de estudios, se referían sobre todo a la Sagrada Escritura para poder predicar. Las artes liberales y la filosofía estaban todavía bajo sospecha. La generación de San Alberto, sin embargo, empujada por los signos de los tiempos aceptó plenamente el campo de la racionalidad como algo separado de la fe aunque a su servicio. Los estudios filosóficos se estaban desarrollando ampliamente en la Universidad y la predicación no podía realizarse a espaldas de este avance cultural.

Esto significaba que había que someter la fe a la comprensión de la razón. Grave escándalo para muchos. Ni Santo Domingo lo hubiera entendido. Sin embargo el progreso exigía adaptarse a los nuevos tiempos. El tema se hacía doloroso porque podía haber dos verdades: la de la filosofía y la de la fe. A pesar del sufrimiento que esta situación causaba, la filosofía y las ciencias experimentales seguían su marcha imparable hacia la autonomía. Hasta ahora, la poca filosofía que hubo, estaba al servicio de la fe. Ahora se hacía independiente y quería comprender el mundo desde sí misma. La gente se preguntaba: ¿Puede haber dos verdades? Y si las hay ¿cómo se pueden vivir? ¿Entre fe y razón quién debe prevalecer?  Eran asuntos importantísimos porque afectaban a la propia vida. ¿Qué pasa si yo entrego mi vida a la fe y me lo niega la razón? No podemos imaginar lo que sufrieron por estos temas aquella gente.

Santo Tomás, como veremos, apaciguó mucho y clarificó parte de los grandes contrastes de la época. Tras de él, toda la Orden se lanzó a la aventura de crear una nueva comprensión de Dios y del universo. Él forma la tercera generación de intelectuales dentro de la Orden. Tomás nació cuatro años después de la muerte de Domingo. Su vida se prolongó entre 1225 y 1274, o sea, sólo vivió 49 años. Fue discípulo de San Alberto aunque este le sobrevivió. Con Tomás se aclararon las posturas que marcan las grandes líneas del pensamiento actual. Su cosmovisión podrá variar en los contenidos pero cada cosa está colocada en su sitio.

Para entender en profundidad el carácter y talante de estos hombres y de su doctrina es necesario colocarlos en su tiempo, en sus circunstancias y en su cultura. El siglo XIII marca el momento álgido entre las relaciones de la fe con la razón y viceversa. Hasta ese momento, se estudiaba la Biblia en las Escuelas, a base de autoridades, sin discusión ni controversia posible. Se trataba, por ejemplo, el tema de la resurrección y a los alumnos se les explicaba y se les hacía aprender lo que han dicho de ella el Evangelio, San Pablo, San Agustín y otros grandes doctores. No cabía discusión alguna; lo decían las “autoridades”. No había dudas, ni opiniones, ni controversias. Eran tiempos de cruzadas y de fe recia, capaz de levantar grandes catedrales. Se vivía en seguridad y se disfrutaba de ella. El monje era feliz en su claustro deleitándose en la contemplación y la “lectio divina”, sin que jamás sus contenidos y valores fueran discutidos o puestos en duda. Lo mismo sucedía en la familia y en el conjunto de la sociedad. Era una pacífica posesión. La Iglesia, por ende, ejercía su maternidad marcando todas las pautas y no sólo hablaba de fe y costumbres sino que las imponía con facilidad.

El dios de estas sociedades teocráticas solía ser muy apañadito. Este dios jamás pone en cuestión ni el orden eclesial ni el social; los que mandan, seguirán mandando. En la política, los de “sangre azul”, es decir, los aristócratas, son privilegiados inviolables. Todo lo establecido, tal como está, es un conjunto sacralizado, contra el que nadie se atreve a atentar. El clasismo y la diferencia de clases, se consideran voluntad de Dios. Si al nacer te tocó la suerte del rico, del noble, del plebeyo o la del indigente, es la tuya, tienes que aceptarla. Eso decía la teología y la visión política de la época. El ser pobre, por ejemplo, es una vocación, como el nacer ciego o tullido. Cada uno tiene que aceptar su situación como venida de lo alto. Por eso, no hay movimientos sociales, ni el pobre es jamás sujeto de su propia historia. No la objetiva, no la razona, viene así dada de arriba. Lo más cristiano es aceptar las cosas tal como Dios las quiere.

En esta concepción de la vida hay pocos sobresaltos. El que vive bien, vive bien; y el que no, tiene el consuelo de la fe y del más allá. El arte, los ideales, las figuras y santos a quienes imitar, no contradecían dicho status, más bien lo reforzaban. La gente no sabía leer pero en el arte encontraba bellas catequesis que no contradecían en nada todo lo establecido. La esperanza se colocaba en el cielo, con lo que se infravaloraba con facilidad la vida terrena, que era un simple paso y lugar de prueba. La injusticia, el asesinato, la opresión, bajo capa de fe o de hazaña bélica, eran moneda corriente, sin que ello contradijera el sistema establecido, del cual apenas eran conscientes ni los más aprovechados de él.

Durante esta época feudal, la España árabe vivía momentos de esplendor, como nunca después alcanzó la cultura musulmana. En Córdoba rivalizaban sabios moros y judíos, como Maimonides y Averroes. A través de ellos, llegó a Europa la filosofía griega,  pagana y racional,  traducida al latín en la famosa escuela de traductores de Toledo. Con la llegada de la razón, cundió la zozobra en muchas conciencias, pues la pacífica posesión de la fe, vivida hasta ahora, se vio turbada por nuevas concepciones de Dios y del mundo. “¿Es posible una visión del mundo distinta de la cristiana? Si es así, seguro que son contradictorias”. La razón pagana rompió el idilio. El mundo aristocrático enredado en sus luchas era poco sensible a lo intelectual, de ahí que no se percataran del peligro. La Iglesia reaccionó pronto.

Los pioneros de lo racional no lo tuvieron nada fácil. Abelardo fue el primer teólogo que utilizó la filosofía racional griega para fundamentar la teología cristiana. Esto produjo gran contradicción: “¿Qué necesidad hay de razonar la fe? Se cree y basta.” La Iglesia condenó varias tesis de Abelardo y el pueblo, poco amigo de novedades y firme en sus seguridades, estaba con ella.

Como es de suponer, la irrupción se hizo imparable. Los maestros ya no podían basarse en autoridades sino que había que discutirlo todo. En las Escuelas se pasó de la simple “lectio” a la “disputatio”, en la que entraban ya razonamientos y posturas encontradas. Durante más de un siglo se sufrió mucho, con crispación e inquietud en las conciencias. Poco a poco, se fue imponiendo la nueva realidad. A veces había disputas solemnes a las que asistía todo el claustro de profesores y alumnos. “Una disputa es provechosa, dice Santo Tomás, cuando instruye a los oyentes para inducirlos a la inteligencia de la verdad de que se trate; entonces es necesario dotarse de razones que investigan la raíz de la verdad y que hacen saber cómo es verdadero lo que se dice. Por el contrario, si se determina la cuestión sólo mediante autoridades, el auditor podrá certificar que es así, pero no adquiere ninguna ciencia ni inteligencia y se irá vacío”.

Por esta época, siglo XIII, los mercaderes e industriales comenzaban a hacerse ricos y sus gremios formaron ciudades populosas, cambiando el mundo con nuevos usos y exigencias. Fue ésta la primera revolución burguesa. Una de sus exigencias fue la de la formación. Hubo un gran movimiento de alfabetización y pulularon los estudios por doquier, naciendo las universidades, es decir, escuelas universales donde se estudiaba todo el saber. A finales del siglo XII surgieron la de Bolonia y la de París y después muchas otras en catarata como, por ejemplo, la de Salamanca. Las órdenes mendicantes, nacidas a principios del XIII, entraron de lleno en este nuevo afán y proporcionaron los más grandes maestros. Entre ellos destacó, por encima de todos, Santo Tomás de Aquino, el genio que hizo una síntesis maravillosa entre fe y razón, teniendo el coraje de poner toda la sabiduría pagana, en especial la de Aristóteles, al servicio de la fe cristiana. Con esto, el cristianismo dejaba de ser un gueto placentero, se modernizaba y entraba en diálogo con todas las culturas.

Hace un tiempo, el Papa Juan Pablo II, escribió una encíclica “Fides et Ratio”, que trata del mismo tema que nos preocupa en este escrito. “La fe y la razón, dice,  son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él, para que conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo”[4]. Este tema siempre será actual. En cada nuevo reto de la ciencia, con sus grandes y continuos descubrimientos, parece que se va a poner en cuestión todas las soluciones dadas hasta ahora.El conocimiento lleva consigo, con frecuencia, fuertes sufrimientos y tensiones. Cuando hay problemas sin resolver, que afectan a la propia vida, cualquier inseguridad duele. Estos días de la Edad Media eran días de fe. Nadie ponía en cuestión a Dios, como hemos dicho,  ni se dudaba de sus misterios. La aparición del espíritu racional y crítico produjo mucha inquietud. La fe y la razón necesitaban una gran síntesis y ensamblaje.

Santo Tomás de Aquino

Síntesis teológica

Voy a explicar brevemente, en panorama, las grandes distinciones de Santo Tomás que hacen de su pensamiento uno de los momentos cumbres del saber humano. Lo voy a hacer desde mí mismo, sin mirar libros ni citar muchos textos para no alargarme. Mi punto de partida va a ser el sufrimiento de la gente en aquel momento. Hay partos en la historia que dan a luz con mucho dolor porque no se sabe bien si la criatura que está naciendo está bien engendrada y es para bien. El estudio de la filosofía y la teología del pasado nos parece un ejercicio incruento cuando en realidad para que nazca algo nuevo hay que abandonar las seguridades de lo viejo, lo cual no es fácil.

Santo Tomás escribió desde el dolor de aclararse él mismo, de aclarar su vida, de conocer más a Dios, si esto es posible. Se lo pasó mal como se lo estaba pasando la gente ante las novedades que irrumpían y que terminaban con un mundo que, en relación con la fe y la salvación, que es lo que más duele, provocaba incertidumbre. ¿Hay dos verdades, la de la fe y la de la razón? Durante siglos la fe dominó ampliamente la vida social y todo funcionaba, ¿a qué viene ahora la necesidad de razonar los misterios de la fe? ¿De dónde ha venido esta razón que nos inquieta? ¿Para qué la filosofía si todo estaba muy claro? ¿No basta con el Dios que nos han enseñado nuestros mayores? El pueblo, ayudado por los viejos monjes, estaba muy en contra de todas las novedades

Sin embargo, el progreso es imparable. Lo nuevo no pide permiso; se introduce por las paredes. Negarlo es apuntarse a la muerte. Los dominicos, sobre todo sus más altos representantes se apuntaron desde el principio a las nuevas exigencias. San Alberto creó el método, y esa es su genialidad, por donde debían encauzarse los nuevos conocimientos. Decía: “La razón es autónoma y su método es experimental. La ciencia no es deductiva sino empírica e inductiva. La filosofía y la ciencia con su método deben estudiar las cosas de este mundo hasta el final, caiga quien caiga y lo que caiga. Mucho atrevimiento porque el problema era: ¿Y si cae la fe? La sociedad temblaba. Los franciscanos encarcelaron a su mejor representante de las nuevas tendencias Roger Bacón. Nada menos que diez años en la cárcel.

Los dominicos no encarcelaron a nadie; simplemente les surgió un genio que como un hada madrina fue sembrando la paz intelectual en las conciencias. Ese genio fue Tomás de Aquino. Su primera intuición genial fue que no había por qué inquietarse: la fe y la razón están en distinto plano. La razón nunca podrá destruir a la fe porque el campo de la razón son las cosas materiales y humanas. La razón con su filosofía y su ciencia tienen como objeto el mundo material y social. Ahí es donde deben ejercitarse. Desde ahí no se puede destruir a Dios porque apenas se llega a él. La más alta filosofía, la más alta metafísica llega a hablar de Dios pero sólo desde la analogía. Nunca conocerá para nada la esencia de Dios. Ningún científico, en cuanto científico, está facultado para hablar de Dios ni para bien ni para mal, simplemente porque no es su campo.

Aunque deban de estar de acuerdo la razón y la fe, se debe reconocer, por otra parte, que éstas se valen de procedimientos cognoscitivos diferentes. Que dos más dos son cuatro es una evidencia para la razón. De ahí que la razón acoge una verdad en virtud de su evidencia intrínseca, mediata o inmediata; la fe, en cambio, acepta una verdad en base a la autoridad de la Palabra de Dios que se revela. Escribe santo Tomás al principio de la Suma: «El orden de las ciencias es doble: algunas proceden de principios conocidos mediante la luz natural de la razón, como las matemáticas (dos más dos son cuatro), la geometría y similares; otras proceden de principios conocidos mediante una ciencia superior: como la perspectiva (ingeniería) procede de principios conocidos de la geometría, y la música desde principios conocidos de las matemáticas. Y de esta forma la sagrada doctrina (es decir, la teología) es ciencia que procede de los principios conocidos a través de la luz de una ciencia superior, es decir, la ciencia de Dios y de los santos”.

Santo Tomás decía a sus discípulos: Vuestra fe no tiene por qué oponerse a la ciencia, al contrario, sed valientes y dejaos interpelar por ella  no sea que lo que se presente como fe no sea tal,  al oponerse a la verdadera racionalidad. Cuántos fideísmos, buenismos, devocionismos e ingenuidades pasan a veces por fe cuando no resisten una mínima racionalidad. Esta síntesis tomista  ha formado la cultura de los siglos sucesivos. En efecto, la fe manifestada en Jesucristo necesita el conocimiento del mundo material para que la humanidad progrese en los campos que no cubre la fe. Cada cosa en su sitio. El progreso de la medicina, de la economía y de todas las tareas humanas no viene de la fe. Ahí es donde la razón y la ciencia deben desarrollar todo su potencial, comenzando por sus propias autocríticas. Para eso se nos ha dado la Revelación y la razón natural.

La ley natural

También en la perspectiva moral y en el comportamiento humano hay un lugar para la razón, fuera de la fe. No todo proviene de la fe. Dice Santo Tomás: «Aunque la gracia es más eficaz que la naturaleza, con todo la naturaleza es más esencial para el hombre[5]”. Si es así, en la perspectiva moral humana, en su comportamiento, hay un lugar para la razón, la cual es capaz de discernir la ley moral natural. De lo cual se sigue que el comportamiento humano cae bajo responsabilidad. No tenemos una naturaleza para la frivolidad porque la destruimos. La razón puede reconocerlo considerando lo que es bueno hacer y lo que es bueno evitar para conseguir esa felicidad que está en el corazón de cada uno, y que impone también una responsabilidad hacia los demás, y por tanto, la búsqueda del bien común. En otras palabras, las virtudes del hombre, teologales y morales, están arraigadas en la naturaleza humana. La gracia divina acompaña, sostiene y empuja el compromiso ético, pero, de por sí, según santo Tomás, todos los hombres, creyentes y no creyentes, están llamados a reconocer las exigencias de la naturaleza humana expresadas en la ley natural y a inspirase en ella en la formulación de las leyes positivas, es decir, las que emanan de las autoridades civiles y políticas para regular la convivencia humana.

Cuando la ley natural y la responsabilidad que esta implica se niegan, se abre dramáticamente el camino al relativismo ético en el plano individual y al totalitarismo del Estado en el plano político. La defensa de los derechos universales del hombre y la afirmación del valor absoluto de la dignidad de la persona postulan un fundamento. ¿No es precisamente la ley natural este fundamento, con los valores no negociables que ésta indica? Juan Pablo II escribía en su Encíclica Evangelium vitae palabras que siguen siendo de gran actualidad: «Para el futuro de la sociedad y el desarrollo de una sana democracia, urge pues descubrir de nuevo la existencia de valores humanos y morales esenciales y originarios, que derivan de la verdad misma del ser humano y expresan y tutelan la dignidad de la persona. Son valores, por tanto, que ningún individuo, ninguna mayoría y ningún Estado pueden crear, modificar o destruir, sino que deben sólo reconocer, respetar y promover. » (n. 71).

En conclusión, Tomás nos propone un concepto de la razón humana amplio y confiado: amplio porque no está limitado a los espacios de la llamada razón empírico-científica, sino abierto a todo el ser y por tanto también a las cuestiones fundamentales e irrenunciables del vivir humano; y confiado porque la razón humana, sobre todo si acoge las inspiraciones de la fe cristiana, promueve una civilización que reconoce la dignidad de la persona, la intangibilidad de sus derechos y la fuerza de sus deberes. No sorprende que la doctrina sobre la dignidad de la persona, fundamental para el reconocimiento de la inviolabilidad de los derechos del hombre, haya madurado en ambientes de pensamiento que recogieron la herencia de santo Tomás de Aquino, el cual tenía un concepto altísimo de la criatura humana. La definió, con su lenguaje rigurosamente filosófico, como «lo más perfecto que hay en toda la naturaleza, es decir, un sujeto subsistente en una naturaleza racional”[6].

Lo natural y lo sobrenatural

Otro gran problema conexo, que en aquellos días se debatía y producía intranquilidad en las conciencias, era la distinción entre lo natural y lo sobrenatural. Hasta ahora, lo natural estaba como absorbido y tenía poca entidad; no costaba morir tanto como ahora, la vida valía poco, las expectativas de este mundo eran vanidad, sólo los bienes de la esperanza cristiana, los del cielo, merecían interés. Los monjes renunciaban a las cosas del mundo pero esa no tenía por qué ser la única espiritualidad de salvación, aunque era la que se predicaba. Pero ahora nacía un mundo nuevo, los cambios lo atestiguaban, el hombre tenía por delante una amplia tarea consigo mismo y con el mundo que le rodeaba. La economía ocupó su sitio y la creación de riquezas no tiene por qué ser una maldición. El crecimiento de estas riquezas hacía que mucha gente no sólo esperara en los bienes del cielo sino en los de la tierra. Santo Tomás no negó esta realidad. El crear riqueza no tiene por qué ser inmoral. Seguían existiendo los dos planos que no debían excluirse. La realidad terrena tiene su campo de acción que no contradice otra visión más alta de las cosas.

En efecto, la revolución burguesa cambió las condiciones de la vida. El rígido esquema anterior en que no había más que nobles y plebeyos fue destruido por el nacimiento de una clase social que se llamó burguesía. La palabra viene de burgo o ciudad. Esta gente, hasta ahora al servicio de los castillos y poderosos, fue independizándose  y creando una cultura nueva. Se formaron los gremios de industriales, panaderos, herreros, forjadores, curtidores, sastres, albañiles, comerciantes, que dieron origen a ciudades más populosas y que anhelaban aprender a leer y a escribir. Así nació una cultura nueva que deseaba progresos y novedades. El cambio del románico al gótico se inscribe en este proceso. Las familias querían que sus hijos tuvieran un futuro distinto del suyo. Los viajes, el comercio, las transacciones fueron enriqueciendo a muchos. Se buscaban horizontes nuevos, un humanismo basado en la filosofía y la ciencia.

El primer golpe que infligió la ciencia a los nuevos soñadores fue el descubrimiento de que la tierra era un exiguo planeta que giraba alrededor de una estrella de tamaño bastante mediocre. Un golpe duro a la autoestima humana que pensaba que la tierra era el centro del universo y todo giraba alrededor de ella. La única forma de salir de esta depresión fue hacer del hombre el centro del universo. Se preveía un tiempo de autoexaltación humana a expensas de Dios y de lo que fuera, tiempo que aún estamos sufriendo.

No podemos culpar a San Alberto y a Santo Tomás por haber abierto este esquema de actuación a las fuerzas y potencias humanas. La verdad puede producir problemas que habrá que solventar pero la mentira o el ocultamiento los producirá mayores. Está claro, pues, que lo natural y lo sobrenatural actúan en distinto plano, que son autónomos aunque no deban de luchar entre sí sino ayudarse y fecundarse, para entre los dos llegar a la verdad completa y hacer del hombre una criatura excelsa.

En este sentido hay una frase de santo Tomás que ilumina el panorama como un potente faro: La gracia no destruye a la naturaleza sino que la perfecciona. ¡Cuánta gente se pacificó con este pensamiento! No hay miedo; ambas son de Dios. La gracia es de Dios y la naturaleza también. Algún día se verá su intrínseca armonía. Dejemos que la gracia ilumine nuestro ser natural humano y dejemos también que el estudio de nuestra naturaleza mediante la ciencia aquilate nuestra percepción de la gracia. La gracia se encarna en el hombre y en el cosmos y éste, con su progreso nos la hará conocer en toda su amplitud y profundidad. La gracia, pues, no destruye a la naturaleza ni la sustituye; cada una tiene que llegar en su campo a su perfección total.

Las virtudes y el don

Finalmente, la vida espiritual se iluminó con otra de las grandes distinciones tomistas. También aquí hay dos planos. El plano humano y el de la fe. En el plano humano el hombre puede buscar su perfección. En tiempos de Santo Tomás esta opción casi ni se entendía. A nadie se le ocurría buscar la perfección alejado de la fe y fuera del ámbito de Dios, en un plan puramente humano. Con el correr del tiempo esta opción ha llegado a ser una realidad. El método y el esquema tomista abrieron al mundo todas las posibilidades seculares. La sociedad actual está plagada de ateos, agnósticos, rebeldes e incapaces que buscan su perfección en sí mismos. ¿Ha sido malo? Dios nos ha hecho libres y cada cual es responsable de su libertad.

Entre los que se glorían de ser humanos pero en obediencia al plano superior de la fe, Santo Tomás también los iluminó con otra distinción clarificadora. En la vivencia de la fe se pueden distinguir, también, otros dos niveles: el de las virtudes, que siendo virtudes cristianas siempre procederán de la fe y serán infusas, pero que, para adquirirlas, el hombre tiene que poner su contribución ascética y el del don o instinto divino, donde se vive sólo de la gratuidad del Espíritu Santo. Los que viven desde las virtudes y el esfuerzo que conllevan serán buenos cristianos pero no alcanzarán los últimos grados de la santidad. La culminación de la vida espiritual está en la experiencia de los dones del Espíritu Santo.

La diferencia que existe entre estos dos planos está en que desde  las virtudes aunque sean infusas, es decir, hijas de la gracia, jamás se puede llegar al plano del don. Con otras palabras, aunque te perfecciones hasta la extenuación, ayudado por la gracia, en la adquisición de virtudes jamás llegarás al plano del don. No hay un paso automático de la virtud al don. Este pertenece al plano de la gratuidad. Santo Tomás tuvo la iluminación suficiente para darse cuenta de que sin la actuación del Espíritu y sus dones era imposible la santidad. Una cosa es la salvación y otra la santidad. Los muy virtuosos podrán salvarse pero no serán santos; en cambio, los santos, que también serán virtuosos, alcanzarán la santidad por el don gratuito del Espíritu Santo merecido por Jesucristo no por ninguno de nosotros. La santidad, pues, no se identifica con la perfección en algún comportamiento o el cumplimiento de leyes y adquisición de virtudes. Santo Tomás apostilla genialmente: la ley nueva es la gracia del Espíritu Santo. Su atrevimiento al decir esta frase sólo se explica por la fuerza del don, un precioso don de inteligencia. Con esto quedan superadas las virtudes humanas y también la ley y el Antiguo Testamento; ya no valen sus preceptos y criterios. La santidad ahora pertenece al orden de la gracia, de lo recibido, de lo gratuito, de lo acogido, y se realiza no en alguna abstracción moral sino en una experiencia del Espíritu Santo y sus dones que él mismo nos facilita y nos lleva al encuentro con Cristo, donde la gracia de Dios se ha hecho visible.

El verum y el bonum

Otro de los grandes méritos de Santo Tomás es haber puesto el verum, lo verdadero, en el entendimiento y el bonum, lo bueno, en la voluntad. Para él, el entendimiento tiene la primacía porque nihil volitum quin precognitum, es decir nada es deseado que no sea conocido. Sin embargo, abre las puertas a que el bien, el deseo, la esperanza, el amor, como objetos de la voluntad alcancen las máximas cotas de calidad en el amor y en la identificación con Cristo y la divinidad. ¡Cuánta claridad sale de una antropología tan sencilla como ésta!

No quiero meterme más a fondo en este tema ni en ningún otro porque este artículo ya se hace demasiado largo. Desde que San Alberto y Santo Tomás dieron vía libre a la fundamentación racional de todo, la historia de la teología ha sido, en el fondo, una búsqueda del lenguaje racional para hablar de Dios. Yo, como hombre, ¿cómo me puedo dirigir a Dios? Mi inteligencia ¿llega al verum? ¿Tengo conceptos y palabras verdaderas sobre Dios? Según Santo Tomás mi concepto y mi palabra sobre Dios solo admite un conocimiento analógico. La diferencia entre Dios y el hombre es tal, que no pasa de la analogía. A pesar de ello, y de toda la diferencia entre Creador y criatura, existe una analogía entre el ser de lo creado y el ser del Creador, que nos permite hablar con palabras humanas sobre Dios. La palabra bueno aplicada a Dios y a un hombre no son equívocas, tampoco son univocas, pero son análogas. La bondad de Dios y mi bondad tienen algo en común.

Santo Tomás fundamentó la doctrina de la analogía, además de sus argumentaciones exquisitamente filosóficas, también en el hecho de que, con la Revelación, Dios mismo nos ha hablado y nos ha, por tanto, autorizado a hablar de Él. Benedicto XVI, reflexionando sobre esto, considera importante esta doctrina tomista, ya que ella nos ayuda a superar algunas objeciones del ateísmo contemporáneo, que niega que el lenguaje religioso esté provisto de un significado objetivo, y sostiene en cambio que tenga sólo un valor subjetivo o simplemente emotivo. Esta objeción resulta del hecho de que el pensamiento positivista está convencido de que el hombre no conoce el ser, sino sólo las funciones experimentales de la realidad. Con santo Tomás y con la gran tradición filosófica el Papa está convencido de que, en realidad, el hombre no conoce sólo las funciones, objeto de las ciencias naturales, sino que conoce algo del ser mismo, por ejemplo, conoce a la persona, al Tú del otro, y no sólo el aspecto físico y biológico de su ser. Con la voluntad, en la línea del bonum, yo puedo llegar más a Dios porque como el amor es ciego yo le amo tal como es sin especificar su esencia y propiedades, cosa  propia del verum. Desde ahí, yo puedo hablar con lo más íntimo de Dios. Y, para terminar: aún en el caso de que mi palabra humana no llegara a él, él me infunde su palabra divina para que yo hable con él. En conclusión: yo a Dios no le puedo entender tal como es pero sí le puedo amar tal como es y no sólo emotivamente sino dando la vida.

Murió con 49 años

Los últimos meses de la vida terrena de Tomás están rodeados por una clima especial, incluso diría misterioso. En diciembre de 1273 llamó a su amigo y secretario Reginaldo para comunicarle la decisión de interrumpir todo trabajo, porque durante la celebración de la misa había comprendido, mediante una revelación sobrenatural, que lo que había escrito hasta entonces era sólo «un montón de paja». Se trata de un episodio misterioso, que nos ayuda a comprender no sólo la humildad personal de Tomás, sino también el hecho de que todo lo que logramos pensar y decir sobre la fe, por más elevado y puro que sea, es superado infinitamente por la grandeza y la belleza de Dios, que se nos revelará plenamente en el Paraíso. Unos meses después, cada vez más absorto en una profunda meditación, Tomás murió mientras estaba de viaje hacia Lyon, a donde se dirigía para participar en el concilio ecuménico convocado por el Papa Gregorio X. Se apagó en la abadía cisterciense de Fossanova, después de haber recibido el viático con sentimientos de gran piedad.

La vida y las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino se podrían resumir en un episodio transmitido por los antiguos biógrafos. Mientras el Santo, como acostumbraba, oraba ante el crucifijo por la mañana temprano en la capilla de San Nicolás, en Nápoles, Doménico da Caserta, el sacristán de la iglesia, oyó un diálogo. Tomás preguntaba, preocupado, si cuanto había escrito sobre los misterios de la fe cristiana era correcto. Y el Crucifijo respondió: «Tú has hablado bien de mí, Tomás. ¿Qué recompensa quieres?». Y la respuesta que dio Tomás es la que también nosotros, amigos y discípulos de Jesús, quisiéramos darle siempre: «¡Nada más que tú, Señor!»

[1] Los datos biográficos los tomamos, en parte, del libro escrito en colaboración por varios dominicos para la familia dominicana y titulado “Nueve personajes históricos”, muy basado en Santiago Ramírez O.P.: Introducción a Tomás de Aquino, (Suma Teológica,  BAC, 1964, 3ª ed. tomo I, n. 17, pg. 45 ss) En realidad, la mayoría de los hechos sobre Santo Tomás los conocemos por la primera biografía, bastante cercana,  compuesta por Fray Guillermo de Tocco en vistas a su canonización llevada a cabo por Juan XXII en 1323, a los 49 años de su muerte..

[2] Este y los dos siguientes párrafos los tomo de las catequesis que Benedicto XVI ha dado sobre Santo Tomás de Aquino en Junio de 2010

[3] (cf. Jean-Pierre Torrell, Tommaso d’Aquino. L’uomo e il teologo, Casale Monferrato, 1994, pp. 118-184).

 

[4] “Fides et Ratio”, pag. 3. 1998.

[5] Summa Theologiae, (I, q. 29, a. 3)

[6] Summa Theologiae, Ia, q. 29, a. 3. Estos párrafos sobre la ley natural están tomados en parte de la catequesis del Papa Benedicto XVI sobre Santo Tomás en junio de 2010

Dejar Respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.