Renovación Carismática Católica en el Espíritu
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Preparación Pentecostés 2020

Por en Enseñanzas, Artículos publicado el 1 mayo, 2020

MENSAJE DE CHARIS 

EN PREPARARACION a  PENTECOSTÉS 2020

Raniero Cantalamessa ofmcap

Los Hechos de los Apóstoles narran este episodio de la vida de Pablo:

Entonces la gente se levantó contra ellos (Pablo y Silas), y los jueces ordenaron que les quitaran la ropa y los azotaran con varas. Después de haberlos azotado mucho, los metieron en la cárcel y ordenaron al carcelero que los vigilase con el mayor cuidado. Recibida esta orden, el carcelero los metió en el lugar más profundo de la cárcel y les sujeto los pies en el cepo. Alrededor de la medianoche, mientras Pablo y Silas oraban y cantaban himnos a Dios, y los demás presos escuchaban, hubo un repentino temblor de tierra tan violento, que sacudió los cimientos de la cárcel. De improviso se abrieron todas las puertas de la cárcel, y a todos los presos se les soltaron las cadenas.” (Hechos 16,22-26)

Con las túnicas destrozadas, cargados de golpes, con el cepo en sus pies, Paolo y Silas no rezan a Dios para que los socorra, sino que cantan himnos a Dios. ¡Qué mensaje para nosotros de la Renovación Carismática en este momento! El ejemplo de Pablo y Silas nos invita a dejar de lado, al menos de aquí a Pentecostés, cualquier discurso sobre el coronavirus, o al menos no hacerlo el centro de todo; no considerar al Espíritu Santo menos importante (y menos poderoso) que el virus.

Más aún, nos invita a alabar y cantar himnos a Dios. Esto puede sonar absurdo y difícil de aceptar, especialmente para aquellos que están experimentando los efectos devastadores de este flagelo en su propia piel, pero al menos podemos entender que es posible. San Pablo proclama que «Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes le aman” (Rom 8:28). ¡Todo, nada excluido, por lo tanto, también la pandemia actual! San Agustín explica la razón profunda de esto: «Siendo supremamente bueno, Dios nunca permitiría que existiera ningún mal en sus obras, si no fuera lo suficientemente poderoso y bueno, para sacar el bien del mal mismo» (Enchir., 11, 3).

No alabamos a Dios por el mal que está poniendo de rodillas a toda la humanidad; lo alabamos por que estamos seguros de que podrá sacar bien de este mal, para nosotros y para el mundo. Lo alabamos convencidos, de hecho, de que todo contribuye al bien de los que aman a Dios y, sobre todo, de los que Dios ama. Lo digo temblando porque no sé si yo mismo podría hacerlo en prueba de los hechos, pero la gracia de Dios puede hacer esto y más.

En la predicación del Viernes Santo en San Pedro, traté de identificar algunos «bienes» que Dios ya está extrayendo del mal: el despertar de la ilusión de salvarnos solos, con técnica o ciencia; el sentimiento de solidaridad que el mal está despertando y que en algunos casos llega hasta el heroísmo. Ahora agregaría: el despertar del sentimiento religioso y la necesidad de orar. La extraordinaria atención a los gestos y palabras del Papa Francisco, no solo por parte de los católicos, es una señal de esto.

A los Tesalonicenses, el mismo apóstol Pablo les recomendó: «En todo, den gracias» (1 Tes. 5.18). Alabanza y acción de gracias, doxología y eucaristía: estos son los dos deberes principales del hombre hacia Dios. El pecado básico de la humanidad, del cual, según el Apóstol, todo pecado deriva, es el rechazo de estas dos actitudes: » Por lo tanto, [los hombres] son ​​inexcusables porque, a pesar de haber conocido a Dios, no lo han glorificado (doxazeín) ni le han dado gracias (eucharistein)( Rom 1, 20-21).

El opuesto exacto del pecado, por lo tanto, no es la virtud, sino la alabanza! La alabanza a Dios, hecha en condiciones dramáticas como la actual, es la fe llevada al más alto grado. Jesús, calmando la tormenta, no reprendió a los apóstoles por no haberlo despertado antes, sino por no haber tenido suficiente fe.

Es una oportunidad para nosotros en la Renovación Carismática Católica de regresar a los orígenes más puros de esta corriente de la gracia. Cuando surgió, apareció ante el cristianismo como el pueblo de la alabanza, el pueblo del Aleluya.

No estábamos solos. La misma experiencia estaba teniendo lugar entre los hermanos pentecostales. Uno de los libros más leídos en la Renovación Carismática, después de «La cruz y el puñal» de David Wilkerson, fue el libro «Prison to Praise» “De la prisión a la alabanza” de Merlin Carothers. El autor no se limitó a recomendar la importancia de la alabanza, sino que demostró – Escritura y experiencias en la mano – el poder milagroso de la misma.

Los mayores milagros del Espíritu Santo no ocurren en respuesta a nuestras súplicas, sino en respuesta a la alabanza. Incluso acerca de los tres niños judíos arrojados al horno en llamas, leemos que «con una sola voz, comenzaron a alabar, glorificar, bendecir a Dios”, entonando la canción con la que la liturgia comienza la oración de Laudes cada domingo y cada fiesta: «Bendito seas, Señor, Dios de nuestros padres …» (Dan 3, 51 ss.) El mayor milagro de la alabanza es lo que sucede en quienes la practican, especialmente en la prueba, porque muestra que la gracia ha sido más fuerte que la naturaleza.

El milagro de Pablo y de Silas en la prisión, y de los tres niños en el horno de fuego, se repite en infinitas formas y circunstancias: liberación de la enfermedad, de la adicción a las drogas, de una condena injusta, de la desesperación, del propio pasado … Probar para creer, fue la sugerencia que el autor de aquel libro hizo a los lectores.

Así que ahoguemos el virus en el mar de la alabanza, o al menos intentemos hacerlo; opongamos a la pandemia, la doxología. Unámonos a toda la Iglesia que en el Gloria de la Misa proclama: «Te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias por tu inmensa gloria». ¡Ninguna súplica, solo alabanza en esta oración!

En espera de Pentecostés, volvamos a cantar con entusiasmo las canciones que nos hicieron derramar lágrimas a tantos de nosotros al primer impacto con la corriente de gracia de la Renovación Carismática: «Alabaré, Alabaré», «Come and Worship, Royal Priesthood» y muchos otros.

Un canto me gustaría señalar en particular por su relevancia en este momento. Fue compuesto en 1992 por Don Moen. Su estribillo, en el texto original en inglés, dice:

Oh, God will make a way

Where there seems to be no way

He works in ways we cannot see

He will make a way for me.

Una traducción al español podría ser:

Oh, Dios abrirá un camino

Donde parece que no lo hay 

Él obra en formas que no podemos ver

Él abrirá un camino para mi.

¡No solo para mí, sino para toda la humanidad!


 

Canción «Sendas Dios hará»

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