Renovación Carismática Católica en el Espíritu
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53. Don de Inteligencia. Por Chus Villarroel

Por en Enseñanzas, Artículos publicado el 6 mayo, 2020

La primera gracia que Dios me regaló al nacer fue hacerlo en una cultura y en una tierra donde se aceptaba como natural la existencia de Dios. Si hemos de decir verdad, la inmensa mayoría de las culturas humanas aceptan esta verdad que le entra a uno por los ojos nada más abrirlos. San Pablo dice que los que no aceptan esto son inexcusables y solo lo hacen porque quieren aprisionar la verdad en el error (Rm 1, 20).

La segunda gracia fue la de recibir el bautismo y ser educado en la fe de la Iglesia católica. Lo recibí de niño y como es evidente no me enteré de nada pero he tenido 85 años para pensar en ello y agradecerlo profundamente. En el bautismo recibí como en semilla la fe, la esperanza y la caridad que me iban a unir con Jesucristo para siempre. En esa fe fui educado y en ella enraicé las decisiones más importantes de mi vida, una de las cuales fue la de hacerme sacerdote dominico.

La fe fue creciendo en mí al compás que marcaban los años y los acontecimientos, sin grandes traumas ni contrariedades especiales. Crisis sí. Esas crisis que te van haciendo consciente de las cosas y te ayudan a tomar poco a poco el timón de tu propia vida. ¿Tuve crisis de fe? Si, pero no demasiado profundas porque nunca encontré intelectualmente algo mejor y eso que fui un hombre muy abierto a los cuatro vientos. Es cierto que durante muchos años la viví con bastante frialdad anegado por las cosas del mundo y de la vida que me atraían fuertemente.

El don del que hablamos en esta charlita es el de inteligencia. Tiene como cometido precisamente iluminar y potenciar en la vida del cristiano la fe que recibimos en el bautismo. En todos los dones, como hemos dicho, se necesita pareja. Aquí la pareja está formada por la fe y por el don de inteligencia. La fe por sí sola, vivida al modo humano que es el racional y teológico, nunca llegaría a superar ese estadio. Necesita ser aupada por el don de entendimiento o inteligencia que es un soplo del Espíritu que te hace ver lo que tú nunca verías por ti mismo. La Magdalena nunca hubiera distinguido al Resucitado del hortelano y Tomás tampoco hubiera imaginado caer de rodillas ante un hombre divino y proclamar: “Señor mío y Dios mío”. Esta oración, la más bella, es el efecto más claro que podemos tener del don de inteligencia. Ambos necesitaron la luz del Espíritu para pasar al nivel del don donde ya vieron a Jesús con otros ojos.

Pues bien, por la gracia de Dios yo he experimentado esta potenciación en un momento muy determinado de la vida y fue con una fuerte experiencia del Espíritu Santo que recibí al entrar en la Renovación carismática. Recibí una serie de contenidos vitales que transformaron mi vida. Como a Magdalena, Tomás y los de Emaús se me dio a experimentar en fe que Jesús vive, que ha resucitado, que solo en su nombre nos salvamos, que es juez de vivos y muertos. Si este don de inteligencia no me llega gratuitamente como me llegó, nunca hubiera entendido nada de lo que estoy escribiendo. No hay paso automático entre el nivel humano y el del don.

¿Qué mérito tengo yo en todo este proceso? No encuentro ninguno a no ser el de dejarme trabajar y ser suficientemente niño, poco aferrado a mis ideologías y pensamientos. No encuentro otro, porque ni mi conducta ni mi eficacia me recomendaban por encima de la media de mis coetáneos. Mi fe endeble y volandera necesitaba un chute y un empujón para llegar a las verdades más profundas del cristianismo que constituyen el kerigma es decir la predicación primitiva. Yo llegué a ello de manos del Espíritu Santo no de mi valía o recomendación.

La carta a los Hebreos (11, 1) nos dice que “la fe es la garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven”. Es garantía, no evidencia. Entraña un acto de entrega a lo desconocido, a lo que nosotros no sabemos ni podemos prever, a lo que supera toda razón e inteligencia. Si la fe tuviera pruebas apodícticas sería ciencia, no fe. Cuanto más he creído en mi vida más me he dado cuenta de que no solo es un acto de comprensión sino de amor también. Creer en Dios contra toda esperanza es amarle y fiarte de él del todo.

El padre de los creyentes fue Abrahán porque fue capaz de fiarse contra toda evidencia y toda esperanza de que iba a tener un hijo a los 100 años fuera de toda norma y racionalidad. Esta entrega se libra del masoquismo y del fideísmo tontilán, porque el que te hace creer te va dando pruebas de verdad y de hondo equilibrio humano en el resto de tu vida. A mí la fe me ha construido como persona y me ha hecho fecundo a mi manera. A Abrahán Dios le sostenía con varias promesas entre ellas la de la fecundidad universal: “En ti serán bendecidas todas las razas de la tierra”. El cristiano, por tanto, no es un guiñol a merced de cualquier viento.

Es al revés, precisamente. Si el hombre no pasa por la fe no saldrá jamás de sí mismo y de su racionalidad. Nunca verá al Resucitado ni a la resurrección y le confundirá con cualquier otra cosa. Tampoco le experimentará nunca. Porque la fe no son solo unos contenidos que se pueden teorizar sino sobre todo un poder que se puede experimentar. La fe nos abre un espacio de vida eterna en la resurrección pero también una experiencia poderosa en esta vida.

Hay una fe, llamémosla carismática, taumatúrgica, que actúa y hace experimentar el poder de la resurrección en nuestras vidas. Jesús se refiere a ella cuando dice: Si tuvierais fe como un granito de mostaza le diríais a esta montaña muévete y plántate en el mar y lo haría. Aquí el don de inteligencia tiene que soplar muy fuerte sobre todo en tiempos como estos en los que se intensifica la dureza de corazón contra  todo lo que no siga ciertas pautas ya muy interiorizadas por la sociedad. Evidentemente la fe siempre estará ahí y seguirá siendo un principio de contradicción contra la que nadie podrá.

Sería maravilloso que mucha gente saliera de esta experiencia de coronavirus, tan cruel como está siendo, más blandos y necesitados de una fe salvadora. Lo que no podemos es dejar de anunciar a Jesucristo porque solo en su resurrección se puede encontrar algo que no sea mortífero. Una encuesta en este sentido cuando termine la pandemia sería de lo más interesante.

6 Respuesta

  • Salud Embuena dijo:

    Señor creo pero aumenta mi Fe.

    Muchas gracias Señor
    Muchas gracias Chus, por dejarte hacer

  • Rocío Mena dijo:

    El don de inteligencia se activó en mi poderosamente después de recibir el bautismo en el Espíritu, tras el seminario de la Renovación. La inteligencia de antes ya no servía, no podía explicar las cosas que empecé a vivir. La nueva inteligencia me empujó a reescribir mi vida en clave de salvación.

    Una amiga psicóloga y escritora se interesó por lo que me estaba pasando. Sabe que soy fuerte, que he superado experiencias dificiles sin depresion y sin pastillas y siempre he renacido con esperanza.

    Cuando le hablé de mi seguridad en que Cristo vive y de todo con ojos nuevos, mezclando la Escritura con mi vida y poniendo en el centro de mi amor a Jesús, explicó como alucinación una parte de lo que le contaba. No me extraña porque ahora sé que eso es el don de inteligencia…

    Pero para ella lo importante no era la alucinación en sí, que podría ser un sintoma de desequilibrio tras un sufrimiento intenso, de los que ve en su consulta, sino que, conociéndome, se preguntaba por qué ahora… después se ha alejado pero, aunque intenta analizarlo todo, lleva dentro la semilla de la fe.

  • AGUSTÍN dijo:

    Inteligencia

    En el don de inteligencia personalmente pido ¡Señor, auméntanos la fe!, unido a la relación con el Espíritu Santo, que nos revela en secreto lo misterioso de Dios.
    Digo en secreto porque es lo más íntimo que puede experimentar una persona. Es entrar en lo más sagrado dejando fuera nuestro ego racional. Es el silencio absoluto, que nos libera de nuestras emociones y pensamientos .

    El Señor nos asemeja a las ovejas. Me pregunto, el motivo.
    Un día alguien entendido me dijo que la oveja es un animal bastante torpe, que necesita ir en grupo para no desorientarse, además de la necesidad de ser dirigido. Individualmente no podría sobrevivir.
    Igual este simil no nos gusta a muchos pero el Señor así lo quiso en su parábola del Buen Pastor. Tal vez porque nos conoce, sabía que alguien tiene que dirigir el rebaño para no desorientarnos, pues únicamente reconocemos la voz de quién lo dirige.
    De ahí que en los tiempos actuales, cuánta desorientación vemos en todos los estamentos de nuestra sociedad.

    Encontré un comentario en internet que por lo relevante que me parece, transcribo:

    «La oveja es el animal más tonto, torpe, y carente del sentido de dirección que existe, cuando se separa del rebaño, vaga y vaga sin saber a donde va, dando angustiosos balidos, y corre a todo lo que se mueve hasta quedar exhausta; lo cual es un vívido ejemplo de la agitación de un alma perdida. El vagabundeo de una oveja perdida, es un cuadro que refleja en su máxima expresión, la estupidez humana; Así es el pecador, los pecadores son irrazonables, ignorantes, tercos y obstinadamente caprichosos en su vagabundeo apartado de Dios. Actúan con un ciego e ilógico impulso, y es tal su ceguera, que despierta la compasión del salvador, que vino a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos. (Lc 4:18). El que anda perdido cree que estando alejado de Dios, y de su control, puede hacer lo que le parezca ( todo me es lícito, pero no todo conviene… 1Co. 10:23 ). Y por consiguiente vaga y vaga cada vez más lejos de su providente señor. En su incertidumbre, la oveja apura su paso precipitándose hacia su propia destrucción, así también es el pecador; como decía el profeta Isaías: «todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cuál se apartó por su camino». (Is 53:6).  La palabra de Dios nos enseña, que el camino es uno solo  ¡¡¡Jesucristo!!! «yo soy el camino, la verdad, y la vida. (Jn 14:6) y como buen Pastor anda buscando a las ovejas perdidas para hacerlas regresar a su redil. Bendiciones»

    Con la experiencia del Espíritu Santo seguimos en el rebaño y al frente va Jesús, tenemos un margen mayor de comprensión y discernimiento para entender al Pastor, por eso ¡Jesucristo vive en mí!, y no solamente dejándonos llevar por Él, sin más, como autómatas.

    ¡GLORIA AL SEÑOR!

  • Rafael González Garrido dijo:

    Deseo comenzar diciendo que no recuerdo en los años de mi vida haberme parado a pensar, mejor dicho, a desarrollar temas referidos a los dones del Espíritu Santo. Por ello quiero dar las gracias a Chus, ya que por sus escritos y la gracia del Espíritu, me he lanzado a pensar y escribir sobre ellos.
    Después de lo comentado voy a empezar a agregar “capas de cebolla” o no, sobre estos temas.
    He pensado que el don de la sabiduría está en todos nosotros desde el primer momento de nuestra vida, lo que ocurre es que como tal, no se nos manifiesta hasta que no disponemos del don de la inteligencia. Voy a tratar de explicarme: el don de la sabiduría nos llega a nuestro cuerpo a través de los cinco sentidos, el oído, la vista, el gusto, el olfato y el tacto. En Génesis se nos comenta como Dios hizo al hombre después de haber creado el mundo con sus luminarias, sus mares, sus animales y su vegetación, y se lo enseñaría. Me imagino a Adán y Eva viendo todo aquello. Sería como una imagen fija de la televisión, que no nos dice nada. Entonces nos comenta la Biblia que Dios les dijo: “sed fecundos y multiplicaos, henchid la tierra y sometedla, mandad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y los animales de la tierra. Ved que os he dado hierba de semilla que existe sobre la faz de la tierra así como todo árbol que lleva fruto de semilla, os servirá de alimento”. La foto fija ya encuentra movimiento. Al hombre, Dios, le ha dado el don de la inteligencia para que actúe. El ser humano comienza a desarrollar las palabras de su Creador y empieza a utilizar, según el mandato, todo aquello para recrearse en su beneficio. El hombre, gratuitamente empieza a tener libertad para gozar del regalo de Dios.
    Me imagino que estaréis pensando que es una forma rara de ver el don de la sabiduría y el de la inteligencia. Se me ha ocurrido así o se me ha inspirado de esa manera.
    He buscado ejemplos en la vida que pudieran apoyar este razonamiento. He imaginado una cocina con una despensa llena de alimentos y un cocinero como yo, que no sabe hacer nada en los fogones. ¿De qué me sirven todos los alimentos? O ¿si yo fuese un cocinero muy bueno pero con la despensa vacía? Se precisa de tener una despensa llena y una inteligencia en un cocinero para que los manjares sean comestibles. Los dos dones son necesarios en el hombre, y Dios lo sabe.
    Los sabios reciben ese nombre por sus descubrimientos, y que han hecho realidad, al utilizar la inteligencia, con las cosas que tenían a su alcance.
    Después de dar vueltas al “coco”, esta mañana he puesto en el tostador una rebanada de pan, y he pulsado el botón para que fuese más apetecible. Al rato, he ido a recoger mi pan, y me he encontrado que estaba crudo. Era natural, no había enchufado el tostador. ¿Veis? Todo preparado, pero faltaba la corriente eléctrica, que yo en este ejemplo la he llamado “inteligencia”, pues sin ella, las cosas se quedan tal y como están, no se desarrollan.
    Si lo llevamos a lo espiritual, todos nosotros tenemos la sabiduría, pero si no utilizamos los talentos que nos vienen del Espíritu para saber que hacer en cada momento, ahí estará, pero como se suele decir “muerta de risa”. Pero ojo, hemos visto que Dios a los primeros habitantes de la tierra, les dio la libertad para utilizarla, como a nosotros, pero ellos, más tarde, como sabemos, la utilizaron para el mal, y lo mismo nos puede ocurrir a nosotros. Esperemos que nuestra inteligencia nos lleve a utilizar la sabiduría para el bien de nuestros hermanos.
    Ya tenemos una cebolla más gorda, con una nueva capa. Esperemos que esta capa no entorpezca el sabor del bulbo.

  • Yanina dijo:

    Graciaaaas! ¡Qué maravilla!

  • Alicia Cristina dijo:

    Así como se siente el sol del amanecer, así nos sentimos cuando leemos los mensajes del padre Chus.

    El padre Chus en cada mensaje, propone un bocado nuevo invalorable, a saborear, desde lo que él es, desde su saber desde lo que vivió, desde su caminar por la vida, desde la experiencia única y preciosa de ser sacerdote del Señor, desde su ser dominico, y desde ese ser amigo de los que tienen sed de Dios, siempre cálido, cercano compresivo con un dejo de humor que lo hace mas querido aún y ese ser humilde pues en lo que comparte se siente ese sabor inconfundible de lo bueno que siempre nos ayuda a volar más alto.
    Guiados por él, siempre nos animamos a más, se eleva el ánimo, la esperanza crece, no solo por lo que compartimos, sino porque algo por así decirlo, todo se hace más fácil, nos ayuda a ser, a intentar salir de lo que creíamos y en verdad nos congela, lo bueno es que nos lleva a desear compartir pues quien no quiere compartir a Jesús mismo? ¿Quién no ha sentido que Jesús lo ha abrazado de singular manera en algún momento de su vida?

    Al leer al padre Chus, uno sin darse cuenta, se traslada viaja, casi de manera imperceptible, los viajes espirituales se dan así, el padre Chus nos lleva a algún suceso o pasaje donde Jesús desea hablarnos.

    Esta vez podemos pensarnos siendo parte a partir de lo que trajo y trae la pandemia que nos hace detenernos en el dolor del mundo y si o si despertar cada día sabiendo que todo ha cambiado.

    En el Evangelio de Juan 21-14 se nos relata acerca de la aparición de Jesús resucitado en el mar de Tiberíades, la última aparición como resucitado, y por ser quien somos podemos salvando la abismal distancia, si lo anhelamos se nos concederá ir espiritualmente al encuentro y relacionarlo con lo que nos toca vivir hoy.

    Pero no vamos solos, tenemos al padre Chus, con su compartir nos lleva a mantenernos vivos y presentes en lo que sabemos vale la pena. Nos hace recordar con cada bocado precioso que nos regala, el camino que nos mantendrá despiertos, vivos en todo sentido.

    Despiertos se nos permitirá comprender mejor a Pedro y los que lo acompañaban, aquel día en el Tiberíades, su estado de ánimo, comprender a Pedro cuando dice… Vamos a pescar,!!!! todos están alicaídos, por los que les toco vivir, sujetos a ese estado incierto, siguen a Pedro que dice: Vamos a pescar. Pero esa “noche” no pescaron nada.
    Al amanecer una voz proveniente de alguien que no reconocen ubicado en la orilla los sacude,

    “¿Muchachos han pescado algo?”. Es Jesús pero no lo reconocen.

    Hoy como ayer Jesús nos pregunta, ¿han pescado algo?

    El padre Chus nos ayuda de manera invalorable en centrarnos en lo que vale la pena, en lo eterno que se irradia en todas las dimensiones de nuestra vida iluminándola.

    Si, el querido Chus a la manera de Pedro, nos dice en cada mensaje vamos de pesca!!!, Jesús nos espera.

    Y ahí en la barca de la vida está el padre Chus, y ahí estamos nosotros, a la voz de “Es el Señor” la fe se enciende, vuelve a resplandecer, Pedro se lanza al agua y todos van detrás de él.

    Chus siempre nos lleva con él, y ahí vamos todos, y el padre Chus va por todo, va por Jesús.

    Nuestra barca volvió a recobrar el rumbo correcto, no hay espacio para otro sentir pensar y obrar, hay lugar solo para la esperanza y el compartir desde el amor, de este deseo de estar en Jesús mismo, el temor se ha esfumado.
    Las redes rebozan de peces, la fe ha regresado, la alegría se comparte, se impone, el padre Chus, nos guía a Jesús quien nos espera siempre en la orilla, Jesús resucitado, es Presencia, ha encendido el fuego, el mismo fuego del Espíritu Santo, tiene peces cocinándose, como que es el Espíritu Santo quien nos llevara al conocimiento de lo que Jesús es. Se nos dice que Jesús acepta lo que con humildad podemos entregarle y El mismo coloca lo que podamos entregarle en el fuego del Espíritu Santo, los miedos se esfuman, no importa lo que traiga esta pandemia, con Jesús, desde el mismísimo Espíritu Santo todo se hace nuevo.

    Gracias querido padre Chus, nos sentimos bendecidos, gracias a cada uno a todos, alabemos juntos a nuestro señor Jesús.



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